Nota: Fabiola no necesariamente está de acuerdo con esta reconstrucción de los hechos.
Desde hacía meses que Fabiola había sugerido sutilmente que le gustaría recibir un anillo en algún momento de este decenio. Como yo le dije que era algo difícil porque no tenía yo idea de su talla, se tomó la molestia de medirse el dedo en una joyería y asegurarse de que me enterara de que es tamaño 4. También se aseguró de mencionar qué tipo de anillo le gustaría.
Mientras estábamos en una joyería viendo anillos y midiéndole el dedo a Fabiola, la vendedora sugirió que solicitara crédito ahí ("sin compromiso"). Ya habíamos intentado pedir crédito cuando compramos la cama, sin éxito. El problema es que para poder recibir crédito hay que tener un historial crediticio... En fin, para mi sorpresa, aprobaron mi crédito en la joyería, con un fabuloso límite de $600 USD. Además de esta clara señal divina, hubo un anillo que pareció gustarle a Fabiola. Decidí que le compraría ese anillo a la primera oportunidad.
La oportunidad no apareció espontáneamente, porque vivimos juntos y casi siempre salimos y
regresamos de la casa y de la escuela juntos. Así que decidí aprovechar y escabullirme
sigilosamente un día que Fabiola tenía una junta de negocios en su laboratorio. Eso fue el
lunes 10 de marzo. La expedición tomó un par de horas, porque la tienda está a más de media hora
manejando. Mientras manejaba, sentía como si estuviera en un sueño. ¿Realmente estaba haciendo
yo eso? Todavía no estoy seguro. En fin, al menos no me quedé dormido al volante.
Esto fue durante la primera semana del "Spring Break". Como nuestro plan era ir a Vermont de vacaciones la siguiente semana, pensé que sería una buena oportunidad para darle el anillo. Resultó que los ajustes de tamaño del anillo tomaban dos semanas; pero eso no me molestó porque eso dejaba un par de posibilidades interesantes: el cumpleaños de Fabiola es el 25 de marzo y nuestro aniversario es el 6 de abril. Así que compré el anillo y la vendedora quedó muy contenta, me dió la mano y dijo: "Good choice!". El camino de regreso también fue medio surrealista. Fabiola no notó nada.
El sábado de esa semana fuimos a cenar con una pareja de amigos canadienses casados. Nos
mostraron las fotos de su boda; Fabiola y Amélie tuvieron una larga conversación sobre anillos,
y yo fingí demencia.
Al día siguiente fuimos a Vermont, donde pasamos cuatro días. Esa es otra historia y será contada en otra ocasión. Baste por el momento con decir que fingí demencia.
El lunes 24, regresando del Spring Break, me escabullí nuevamente para ir a recoger el anillo. La historia es muy similar a la de cuando fui a comprarlo. La única diferencia fue que, para tener una coartada, también le compré un regalo de cumpleaños (un par de DVDs) a Fabiola, por si me preguntaba dónde había andado. Ñaca ñaca.
Durante esa semana, Amy, compañera del laboratorio de Fabiola, recibió un anillo de su novio. Fabiola intentó usar eso como ejemplo para sugerir que yo le comprara un anillo. Yo ya tenía el anillo para entonces, pero fingí demencia y le dije que esas cosas todavía estaban en un futuro muy lejano. Ese viernes fuimos a la fiesta primaveral del departamento de química, donde Amy y Ryan (el fiancé) me mostraron el anillo y preguntaron que para cuándo iba Fabiola a tener el suyo. Obviamente, fingí demencia. (¡Hay quienes dirían que para este momento ya no había nada que fingir, porque ya estaba yo demente!)
Pasó una semana más y llegó el tan esperado domingo 6 de abril, día de nuestro sexto aniversario. Primero Fabiola tuvo que ir a apagar un experimento que dejó corriendo desde la noche anterior, y luego fuimos al super, donde le compré unas flores a Fabiola. Regresamos a la casa, nos bañamos, y almorzamos. Entonces empezamos a dilucidar qué haríamos para celebrar. Yo había especulado sobre algunos planes macabros, pero tenía la mente abierta a cualquier posibilidad, por si a Fabiola se le ocurría otro plan. El plan original era ir a comprar cosas de jardinería, sembrar algunas plantas, y luego yo pensaba que fuéramos a uno de los restaurantes favoritos de Fabiola y a un parque bonito que está por ahí en New Haven.
Ese fue el único día soleado de la semana. La verdad es que lo mandé a pedir especialmente,
pero los dioses del clima me dijeron que a cambio iban a hacer nevar al día siguiente. Así fue,
y como Fabiola se enteró de la nevada desde antes (¡estos meteorólogos chismosos!), decidió
posponer la temporada de jardinería. Así que entre una idea loca y otra, Fabiola propuso ir a
Nueva York. Primero dije "¡estás loca, que flojera!", o algo así, pero luego pensé "¡ajá!,
¡la oportunidad perfecta!", y acepté e impulsé el plan de ir a NY. Para entonces ya eran las
2 PM, aunque al principio creíamos que era la 1 porque habíamos olvidado el horario de verano.
En general eso sería muy tarde para ir a NY (toma como hora y media llegar; ver figura), porque
muchos lugares cierran a las 5 PM los domingos.
Llegamos a NY como a las 4, después de perdernos un poco por no tomar la salida correcta en la carretera. Eso pasa siempre que uno intenta manejar a NY porque la carretera siempre está en obras y los letreros siempre están en el lugar más confuso posible. Finalmente llegamos y logramos estacionar gratis en la Calle 60 y Park Ave. ¡Todo un milagro!
Caminamos unas cuadras hasta llegar a la esquina de Central Park, que quedó convenientemente
cerca. Ahí nos encontramos con un montón de carrozas tiradas por caballos esperando clientes.
Fabiola sugirió que tomarámos un tour en uno de ellos, y yo no me opuse. Quizá en otras
circunstancias me hubiera quejado del precio, o algo así, pero en esta ocasión fue la
oportunidad perfecta. ¡Fabiola estaba tendiendo su propia trampa! Hay quienes sospecharían
que ella lo planeó todo, pero ella jura que no. La verdad es que yo planeé que ella planeara
que yo planeara... Bueno, en realidad el plan era darle el anillo más tarde, quizá en la cena,
para no arruinarle su shopping spree a Fabiola con distracciones. Pero esta era una oportunidad
demasiado buena para dejar pasar.
Los paseos en carroza duran 30 minutos, y no diré cuanto cuestan porque sería de mala educación. El caso es que estábamos ahí muy contentos, viendo las primeras flores de la primavera, escuchando el cantar de los pajaritos, y viendo gente feliz patinando sobre los caminos de Central Park. Fabiola se la pasaba diciendo que qué bonito, y que qué romántico. Nos tomamos una foto que no ha sido revelada aun.
Cuando estimé que ya íbamos a la mitad del tour (siguiendo las enseñanzas de Sun Tzu), inicié el siguiente diálogo:
[varios ciclos de adivinanzas fallidas...]
[Iván saca el anillo]
[Fab llorando de emoción. El gato es licencia artística.]
[Pasan cinco minutos, durante los cuales el chofer pregunta si Fabiola está bien, y cuando se da cuenta de la situación, sonríe...]
[Iván le pone el anillo a Fabiola.]
Pasan diez minutos en los que nadie dice nada. Termina el paseo en carroza. Nos bajamos. Fabiola tiene aspecto de estar mareada y no dice nada. No se desmaya. Me mira con cara de "¡mira, nada más me haces llorar!", pero en broma.
Empezamos a caminar por la quinta avenida rumbo al sur. Entramos a la tienda de Disney. Subimos, bajamos. Fabiola no se fija en ningún producto. No se prueba ninguna prenda. Algo raro sucede: ¡no puede enfocarse en el shopping!
Salimos de la tienda y seguimos caminando por la quinta avenida. Al pasar frente a una
tienda de chocolates Godiva, Fabiola dice: "necesito un chocolate". Esto es algo excepcional
porque a Fabiola no le gustan los chocolates [ahora Fab dice que fue nada más por el azúcar,
pero yo creo que en realidad he logrado convertirla al lado "oscuro".]
Después de salir de la chocolatería y comerse el chocolate, Fabiola empieza su regreso a la
tierra. Una cuadra después nos encontramos con una gran tienda de Gap. Entramos. Juntando los
efectos del chocolate y el hecho de que es la tienda favorita de Fabiola, ahora sí logra
probarse cosas y hasta compra algunas. Pasamos un buen rato en esa tienda.
Caminamos otro rato por la quinta avenida. Ya eran como las seis; hora de cenar. Decidimos ir al Hard Rock Café. Caminamos diez cuadras de más porque yo creía que estaba en la calle cuarenta y tantos cuando en realidad está en la 57, y por supuesto me dio pena preguntar (hombre al fin).
Fabiola se tomó un daiquiri de fresa y yo una margarita; yo pedí unos fetuccini con crema y
camarón, y Fabiola pidió unas costillas. Y de postre, yo me tomé una malteada de chocolate
y Fabiola pidió un pay de manzana que no pudo acabarse, ¡ni siquiera con mi ayuda! Estaba muy
bueno, pero ya había sido demasiada comida. [Quizá estos detalles son innecesarios, pero hay
quienes dijeron que quieren conocer todos los detalles.]
Caminamos de regreso al coche. Nos alegramos de ver que seguía ahí y que no teníamos ninguna multa. Después de esto, el regreso a casa fue excepcionalmente fácil y rápido: tomó una hora diez; cosa notable, considerando que una vez hicimos tres horas. Otro pequeño milagro para terminar el día.
Llegamos a la casa, donde básicamente hicimos llamadas telefónicas hasta que decidimos que ya era demasiado tarde, lo cual fue después de la medianoche.
Y vivimos felices para siempre.
Fin